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¿Nadie nos enseña a ser padres?

Leyla Contreras Yévenes

Trabajadora Social

Mg (c) Salud Mental Infantil

¿Nadie nos enseña a ser padres?

Como dice el antiguo dicho “nadie nos enseña a ser padres” y aunque es un hecho que en la actualidad existe más información disponible en relación a qué necesitan nuestros niños y niñas para un desarrollo sano, de igual manera resultan confusos la cantidad de consejos existentes que suelen ser incluso contradictorios entre sí.

De repente el universo de advertencias parece confundirnos y es que entre la opinión de nuestra madre, amiga, vecinos, abuelos y las innumerables personas que comienzan a decirnos qué hacer y qué es lo mejor para nuestro hijo o hija, nos sobreviene un sin número de dudas que viene a remover y poner a prueba nuestras convicciones, sobretodo en las situaciones difíciles de la crianza cotidiana, en las que nos gustaría tener una varita mágica, la palabra y estrategia perfecta que nos permita superarlas.

También hay algo que es innegable, y es que en nuestra condición de hijos nuestros padres sí nos han enseñado una manera de relacionarnos con otros, interpretar el mundo, enfrentar vicisitudes, disfrutar de las cosas buenas de la vida, e incluso a regular nuestros estados emocionales. En este sentido, nuestros padres a través de sus cuidados nos “enseñaron” a estar en el mundo, leerlo, interpretarlo y sentirlo.

A través de nuestras propias experiencias infantiles como hijos e hijas, vamos aprendiendo cómo afrontar y sobrellevar las dificultades que se nos pueden ir presentando a lo largo de la vida, y aunque muchas veces pensamos que hay cosas que nos gustaría no repetir con nuestros hijos(as), muchos de nuestros comportamientos cotidianos como padres y madres responden más bien a las pautas que hemos incorporado a través de nuestra propia experiencia de cuidado y no necesariamente a nuestros propósitos.

consuelo en ninas

Estas pautas se relacionan también con mitos respecto a la crianza, el desarrollo de los niños(as), lo que debe hacer un buen padre/madre/cuidador, etc. Hoy en día gracias al desarrollo de la investigación en salud mental infantil, sabemos que muchos de ellos no son ciertos. Sin embargo, aún los escuchamos cotidianamente en los consejos y recomendaciones que recibimos, incluso desde profesionales de la salud o la educación.

Ejemplo de ello son frases como:

“A los bebés no hay que acostumbrarlos a los brazos, pues se malcrían y vuelven dependientes”: Hoy sabemos quetodo ser humano para lograr ser independiente o autónomo, primero debe ser dependiente, es decir primero necesitamos a un otro (cuidador) que nos contenga y proteja de un modo sensible, que nos ayude a regular nuestras emociones y nuestros estados de malestar, para que luego el niño(a) los incorpore como propios y logre independizarse efectivamente.

En la medida que el cuidador establezca un modo consistente y predecible de cuidado para su hijo(a), fomentará un vínculo más seguro y el niño o niña lo incorporaran como estrategias para afrontar adversidades tanto en la infancia como en su vida adulta, dado que sus cuidadores lo han “equipado” para ello.

“No importa lo que digamos o hagamos a los niños(as), cuando sean grandes se les va a olvidar”:

El periodo de la infancia temprana es considerado un periodo sensible del desarrollo a nivel cerebral, en donde las experiencias de cuidado y del ambiente en el cual se desarrolla el niño(a) impactan directamente en su arquitectura cerebral. De esta manera, sabemos que las experiencias tempranas dejan una huella, de modo que se hace aún más relevante la presencia de un cuidador que entregue afecto de forma estable y sensible a las necesidades del niño, para que así pueda desarrollar al máximo su potencial de desarrollo. Si bien es probable que no recordemos eventos o situaciones específicas de nuestra infancia temprana sí, de todas formas las experiencias de cuidado recibidas han quedado instauradas a través de sensaciones y emociones en nuestro cuerpo, pues podemos tal como dice este pensamiento anónimo “olvidarnos de lo que nos dijeron y lo que nos hicieron, pero nunca olvidamos como nos hicieron sentir”.

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“Una palmada o un coscorrón no le hace mal a nadie”:

Generalmente los adultos verbalizan esta idea en momentos en que los niños(as) presentan llantos, pataletas o no obedecen. Es importante señalar que dichos momentos son vividos por el niño(a) como situaciones estresantes de manera que requieren de un adulto que pueda comprender su vivencia y explicársela con palabras para así ayudarlos a reconocer sus estados emocionales. De este modo de nada serviría dar un coscorrón, palmada o cualquier castigo físico, pues lo único que estoy enseñando a mi hijo(a) es que las situaciones difíciles se resuelven con el descontrol, lo que aumenta e intensifica el estado de estrés y malestar inicial del niño(a). Esta segunda adición de estrés es aún más grave para el niño(a) dado que quien lo esta propinando es su figura de cuidado, quien debiese protegerlo y contenerlo, tornándose en algo confuso e incomprensible para él. Tal cual como nos pasa a los adultos, es en los momentos difíciles donde se prueban los vínculos más significativos, pues cuando estamos felices todos nos llevamos bien y opinamos lo mejor del otro, no así cuando lo estamos pasando mal y necesitamos que nos escuchen y contengan. Esto mismo es válido para los niños(as), pues en los momentos de mayor estrés es donde necesitan mayor disponibilidad y comprensión de sus cuidadores para calmarlos y ayudarlos a entender lo que les pasa, e incluso podríamos decir que para ellos es aún más importante, dado que mantienen un vínculo de dependencia hacia sus cuidadores.

¿Qué podemos concluir entonces? Que estamos bombardeados de recomendaciones muchas veces contradictorias y que nuestra propia experiencia de crianza nos enseña también a ser madres, padres y/o cuidadores hoy. El hecho de tener un hijo o hija activa estas experiencias, lo que no significa que al tomar conciencia de ellas no podamos ir mejorándolas y, para ello, hay muchos mitos que derribar, como los que hemos revisado anteriormente, pues no debemos olvidar que las experiencias infantiles sientan las bases de nuestra salud mental tanto en la infancia como en la adultez y de lo que hagamos hoy depende su futuro

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