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Las interacciones entre adultos… ¿Qué les pasará a niños y niñas con esto?

Florencia Badtke O, Carolina Rivera S.

Psicóloga, Psicóloga

Servicio Fono Infancia - Fundación Integra

Las interacciones entre adultos… ¿Qué les pasará a niños y niñas con esto?

Cuando nos preguntamos si a los/as niños/as les afectarán las relaciones entre los adultos, nos vemos enfrentados a una pregunta algo difícil de responder. Difícil porque somos adultos quienes estamos pensando en ello; difícil porque aun cuando ya hemos sido niños, el recuerdo, las experiencias, los sentimientos y pensamientos de esa etapa están algo dormidos o no tan conscientes como quisiéramos. Difícil porque ya no pensamos, sentimos ni actuamos como niños entonces cuesta creer que daremos una respuesta que sea fiel a “ese mundo”. Difícil también porque cuando se habla de relaciones entre adultos, se abre un amplio espectro de tipos de interacciones entre las personas, con distintos orígenes, motivaciones, historias, necesidades, identidades, etc., que explican y dan sentido a cada relación.

No obstante y en el constante afán de intentar mirar el mundo y sus realidades desde la visión de los niños, tratar de empatizar con su forma de vivir, entender y sentir el mundo y pedirle prestado al lenguaje un poco de palabras para traducirlos, es que nos hemos planteado reflexionar sobre esta inquietud, fundamentalmente porque los niños son parte de las relaciones que establecemos, están presentes, nos ven, nos sienten y aún cuando no nos damos cuenta, sus propias relaciones tienen mucho de las nuestras.

Comencemos…

Cuando pensamos en “relaciones entre adultos” se nos vienen muchas ideas a la cabeza, como por ejemplo, las relaciones familiares, relaciones de pareja, de amistad, relaciones laborales, sociales, etc., y si a las relaciones entre adultos les “añadimos” la presencia de uno o más niños, se suele complejizar la cosa.

En esta columna nos centrarnos en un tipo de las diversas relaciones entre adultos, hemos optado en esta oportunidad hablar de aquellas en las que podría haber un niño o niña involucrado (o más de uno): la relación de pareja entre los padres (vivan ambos o no con los hijos).

Como primera reflexión, en general se tiende a ver que cuando hay un niño o niña involucrado(a), son las relaciones entre los adultos las que se afectan. Si bien esto es efectivo, debemos considerar que los adultos cuentan con herramientas para identificar lo que les pasa o al menos para expresarlo verbalmente (por ejemplo: decir que están cansados, sobrepasados, aburridos de la relación, etc.) y aún cuando expresen lo que les pasa de una manera inadecuada (por ej.: con agresividad o de forma inoportuna en el tiempo) poseen ese canal de expresión que le da mayores posibilidades de generar un entendimiento con los demás y así lograr la deseable adaptación y convivencia con el resto de los adultos.

Pero desde la otra vereda, cuando nos centramos en el/la niño/a que “se ve afectado/a” por la relación de los adultos a su alrededor, pareciera ser que está en desventaja ya que su repertorio para expresarse y darse a entender está aún en construcción. Si a esto le sumamos que mucha veces los adultos esperamos que los/as niños/as se expresen como nosotros, o sea “con palabras, discutiendo como la gente grande”, hacemos lecturas apresuradas y algo injustas de su comportamiento y pensamos, por ejemplo: “se porta mal” “antes no era así” “esta mañosito” “no sé qué le pasó”, tendiendo a desestimar que justamente ese es el lenguaje de niños y niñas, su cuerpo, sus reacciones, sus cambios de actitud, sus dejar de hacer o empezar a hacer. Entonces, tenemos a un/a niño/a que aún cuando ha sido elocuente y expresivo, debe muchas veces insistir, repetir e incluso agudizar sus cambios de actitud para que los adultos nos detengamos a mirarlo y recién ahí pensar en que algo les puede estar ocurriendo. ¿Agotador para ellos no?

¿Cómo puede afectar a los niños(as) la relación de pareja de sus padres?

Como decíamos en líneas anteriores, en general, se tiende a ver los problemas o beneficios que tienen para los adultos la presencia de un niño o niña en su relación. Al respecto, existe mucha literatura que habla de las crisis de pareja y cómo la llegada de un hijo(a) implica una serie de cambios que en definitiva tensan y ponen a prueba esta relación. Más específicamente se habla de las crisis suscitadas en la pareja a partir de los hitos propios de la crianza (nacimiento, logros del desarrollo, ingreso al jardín, colegio, fin de la etapa escolar, adolescencia y finalmente la independencia de los(as) hijos(as)). Se plantea (entre otras muchas e interesantes cosas) que el impacto se evidencia en términos de los desplazamientos que cada miembro de la pareja debe experimentar, de los tiempos disponibles para las actividades en común o incluso las individuales; la organización y/o incorporación de nuevas rutinas, preocupaciones, etc.

Sin embargo, como en toda relación, el impacto es recíproco y los niños(as) se ven fuertemente influenciados por la manera en cómo los adultos nos relacionamos como pareja frente a ellos, razón por cual resulta importante sensibilizarnos sobre lo que le ocurre a ese niño o niña, y que siendo tan protagonista como sus padres de los distintos cambios y crisis, pareciera hasta ahora no tener tanto espacio en la discusión.

En este sentido, ¿Qué pensarán los(as) niños(as) de las relaciones entre los adultos? ¿Se preguntarán por ejemplo: por qué la mamá o el papá ya no conversan tanto o andan cansados?; ¿Por qué ya no salen a pasear con los dos los fines de semana? ¿Qué pasa cuando hablan y después dejan de hacerlo por unos días? ¿Por qué será que los papás a veces quieren estar solos? Los/as niños/as ¿Se preguntaran estas cosas? Creemos que la pregunta inicial ofrece respuestas para todas estas interrogantes: ¿Qué les pasará a niños y niñas con las relaciones entre adultos?

Cuando esos adultos son sus padres y éstos mantienen una relación de pareja, podríamos decir que dicha relación puede implicar para el niño o niña, importantes beneficios como también efectos negativos para su desarrollo y bienestar dependiendo de las características que esta relación tenga.

En qué puede aportar la relación de pareja a los niños y niñas:

La relación de pareja sería positiva para un niño o niña en la medida que contribuye (entre otras muchas formas de relaciones entre adultos) al desarrollo de su identidad y autoestima. Esto porque el niño o niña toma elementos de su entorno más cercano para satisfacer una necesidad primaria y de sobrevivencia que es poder identificar e identificarse al “grupo” al cual pertenece, del cual se sentirá parte al recibir sus cuidados, protección y gratificación de las necesidades básicas, potenciando así la formación de su identidad, como una base que lo sostiene, acompaña y brinda seguridad.

Este sentido de pertenencia permite que el niño o niña durante su desarrollo sienta que cuenta con un “espacio” seguro para poder preguntar, explorar, imitar y expresar, construyendo la confianza en sí mismo como base de una autoestima saludable.

En otro sentido, es de conocimiento para todos (por experiencia o por observación) que dentro de una relación de pareja se establecen roles que sostienen la relación. Es importante detenerse a mirar un poco cómo esto puede influenciar a niños y niñas, y por ejemplo, pensar en cómo la pareja se comporta y cuáles son los roles que están definidos, acordados o bien cuáles son aquellos que operan pero no están explicitados, cuáles de estos roles se han visto afectados por la presencia de un hijo(a), si se ha decidido conscientemente intercambiar algún rol porque “probando” se ha aprendido que el otro lo puede hacer mejor o evaluar también si cada miembro de la pareja se siente a gusto con el rol que está asumiendo, si tiene la oportunidad de pedir ayuda sin sentir que está fracasando en su rol. Todo esto, porque en definitiva, la forma en que cada adulto de la pareja se siente y comporta en la interacción con otro desde un determinado rol, está transmitiendo al niño información de lo que se espera o es deseable. Por ejemplo, el padre o madre que en la relación de pareja y en la vida familiar tiene el rol de organizador, si esto le gusta, le sale fácil, siente que puede hacerlo y esta validado por el otro miembro de la pareja, lo podrá desarrollar de manera natural, a gusto y estará trasmitiendo al niño lo que se espera que haga para organizar por ejemplo las rutinas, los horarios, la hábitos, los ritos familiares, etc. O cuando uno es quien asume el rol de ser más preocupado de las expresiones de afecto, será influencia positiva para el niño si ve y siente que esto es bien recibido y valorado por el otro aun cuando este otro sea más “frío” o menos expresivo por decirlo de una manera.

También es importante pensar en que cada rol en la pareja implica la expresión de diferentes interacciones, entre ellas de cooperación, expresión de afecto, resolución de conflictos, repartición de tareas, etc., todo lo cual adquiere el valor de un modelo de interacción humana para el niño quien está recién comenzando a participar en la vida en comunidad.

En este sentido, cada acto, cada forma de interactuar implica una ideología de cómo tratar al otro y un ejemplo a seguir en términos del respeto, tolerancia, empatía, asertividad con que me comunico con el otro, modelo que se le está presentando al niño de manera permanente, activa o pasivamente, pero que de cualquier forma constituye quizás una de las enseñanzas a nivel relacional y emocional, más significativas para su desarrollo. Sí, porque dependiendo de cómo el niño ve que sus padres se ayudan cuando hay un problema a nivel familiar o personal, podrá entonces ayudar a otros usando ese ejemplo; dependiendo de cómo sus padres se expresan el amor, afecto y preocupación por el otro, así como también el resguardo necesario y respetuoso con la propia intimidad de la pareja, el niño normalizara estas manifestaciones en sí mismo en el futuro o bien en los otros; dependiendo de cómo la pareja de padres enfrenta los conflictos, discute sobre ellos y los resuelve, el niño aprenderá a aceptar la vida como una en que los conflictos son parte de ella y cómo en la interacción con un otro el conflicto puede ser una oportunidad para aprender, cambiar o crecer.

Entonces y al respecto, no se trata de que los padres siempre eviten el conflicto frente a los niños, no se trata de no discutir, tampoco de no enojarse o dejar de defender nuestra postura frente al otro en presencia del niño, pues no siempre se cuenta con el tiempo, el contexto o la habitación exclusiva para ello. Más bien se trata de hacer uso de ese espacio seguro, estable, genuino que se ha acordado crear como pareja y como familia nuclear para abordar las diferencias y los malos entendidos sin que esto haga sentir al niño que la relación de pareja está en juego. Se trata de poner en práctica sobre todo en esos momentos, los valores que como adultos y como padres queremos entregar a los hijos.

Para el niño que presencia una discusión fuerte o un intercambio de ideas muy contrapuestas entre sus padres, es importante ver de qué manera los padres se expresan verbal y no verbalmente, qué se dicen, cómo se lo dicen, pero lo más importante tal vez sea que el niño sea testigo también de cómo resolvemos esas diferencias, si nos damos un tiempo para pensar y volvemos a conversar o si tenemos la capacidad de resolver y acordar en el minuto y le explicamos al niño lo que ha sucedido. En el fondo, la convivencia, el estar juntos no es necesariamente vulnerable al conflicto en sí, es más bien la manera en que enfrentamos el conflicto, lo que hará sentir más o menos frágil al niño como parte de ese sistema familiar.

Cómo podemos notar que un niño se está viendo perjudicado por la relación de pareja de sus padres…

Justamente cuando la pareja, su funcionamiento, sus expresiones y los conflictos entre ellos comienzan a trastocar y a incomodar al niño en su “espacio” seguro. Esto puede ser porque se le está confundiendo, porque no hay consistencia entre lo que los adultos hacen y lo que le exigen al niño en cuanto a la forma de interactuar, porque tal vez está sintiendo que la relación de sus padres no es satisfactoria para ellos o porque la pareja está pasando por alguna crisis y está sumergida en ella sin ver al niño y sus necesidades.

Cuando la pareja de padres está en conflicto o en crisis y esto ha superado sus capacidades para sortear las dificultades de manera sana, respetuosa y constructiva, es posible que cada miembro de la pareja (a partir del conflicto con el otro) adopte roles y actitudes muy diferentes entre ellos y en la forma en que habitualmente se relacionaban con el niño, es decir, pueden actuar más descuidados o negligentes con el niño o más exigentes y autoritarios, afectando con esto la seguridad, estabilidad y confianza que el niño atesoraba.

Y es probable entonces que comencemos a apreciar reacciones en el(la) niño(a) tales como mayor irritabilidad, baja concentración o rendimiento, ansiedad, necesidad de mayor contacto. Estas reacciones muchas veces atribuidas a la voluntad o “increíble” capacidad de manipulación que tendrían los niños, en realidad son expresión contundente del malestar emocional que viven cuando la relación de pareja de sus padres se encuentra dañada (daño sostenido en el tiempo).

Algunos errores cometidos tienen que ver con que muchas veces las parejas de padres mezclan sus propios conflictos con sus roles de padres y actúan sobre involucrando al niño (estableciendo alianzas, haciéndolo participe y haciéndolo sentir culpable muchas veces por su egocentrismo propio de la edad) o bien desterrándolo de manera en que no se le ha visualizado, se le ignora y anula, afectando de manera importante aquel sentido de pertenencia del que hablábamos al principio. El niño se siente excluido, rechazado, sin poder entender qué es lo que sucede y al ser egocéntrico, toda esta confusión “es por su culpa” por lo que su autoestima decae fuertemente. Cuando esto sucede, jugar y que otro niño le pegue o le quite un juguete, tolerar un no por respuesta, tener que obedecer una regla, no poder decidir qué quiere comer o ponerse de ropa, si salir el fin de semana solo con él papá o no, resulta francamente muy complicado y ahí aparecen entonces las reacciones que como adultos leemos como mal comportamiento o maña.

Para el niño, cuando sus padres tienen problemas en la relación de pareja, aun cuando no sea explicito; los quiebres, los acuerdos implícitos y las alianzas son evidentes. No puede ser de otro modo, pues el niño en cierto sentido, es parte de esa relación, ha crecido y ha sido modelado en función de esa relación, se han depositado expectativas en él o ella a partir de esa relación. Por eso quizás lo más complejo, es cuando el niño siente que es el responsable del quiebre y se siente obligado a elegir entre uno de los miembros de la pareja (cuando se condiciona la realización de ciertas actividades con uno de los padres o el afecto, por ejemplo, si uno de los padres se va de la casa) o bien siente que es responsable de rearmar y reparar el núcleo del amor parental.

Sin duda que proteger a los niños de estas situaciones es difícil, sobre todo cuando planteamos que los niños son parte de las distintas relaciones interpersonales y nos afectamos recíprocamente. Por eso si bien decimos que así como no es sano ni natural “evadir” los conflictos, pues en ello hay mucho de lo que los niños pueden aprender; también sostenemos que es importante tener claros y establecer los límites de nuestros propios conflictos como pareja e intentar diferenciarlos de nuestros conflictos como padres, pues en el intento de resolver diferencias con la pareja podemos confundirnos y apropiarnos de los niños como parte de esa relación.

Finalmente, y a riesgo de parecer un poco liviana nuestra respuesta, cuando nos preguntamos “que les pasara a los niños con las relaciones entre los adultos”, lo que planteamos es que sí, les pasan cosas, porque a todos nos pasan cosas, porque somos parte de un mismo mundo interpersonal, un mismo mundo de lo humano y más allá de las cosas específicas o de las circunstancias, a los niños les pasan cosas positivas y/o negativas respecto a las relaciones de los adultos, en la medida en que esas relaciones ofrezcan cosas positivas y/o negativas a esos mismos adultos. Esto invita a pensar entonces en cómo nos estamos sintiendo cuando estamos con nuestra pareja o más ampliamente cuando estamos en interacción con otros adultos, de qué manera estamos llevando la relación, cómo la estamos expresando y qué de todo esto le estamos mostrando a los niños que pueda ser enriquecedor para su desarrollo.

Probablemente esta última reflexión y varias preguntas más quedarán sin conclusión por ahora y será en otra oportunidad que podamos seguir pensando, preguntando y construyendo ideas sobre cómo estar más conscientes y más cercanos a lo que les pasa a los niños que conviven con nosotros.

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