MaterialesColumnas del Experto

Columnas del Experto

Saltos y nubes. Deseos de niños(as), expresión del malestar ante el límite y manejo respetuoso de las pataletas.

Carolina Gaete

Psicológa

Servicio Fonoinfancia Fundación Integra

Saltos y nubes. Deseos de niños(as), expresión del malestar ante el límite y manejo respetuoso de las pataletas.
¿Puede un niño(as) saltar en una nube? ¿Puede, de un salto, llegar a la nube?

¿Puede un niño(as) saltar en una nube? ¿Puede, de un salto, llegar a la nube?

Los deseos de los niños(as) pueden iluminar el camino de sus sueños, y ¿quién no quisiera que soñaran? Una parte de este mismo deseo es el que se anuncia con el galopante oposicionismo de los 2 y 3 años o en el arrebatado volcán de una pataleta. Aunque sea difícil de creer, las pataletas no son cruzadas contra nuestra autoridad si no que aparecen como la forma de comunicar el desagrado o el malestar, frente a un límite que pone coto a sus deseos.

Y en relación a este evento, que muchas veces angustia a los padres, es que queremos revisar algunas ideas que pueden estar interfiriendo a la hora de abordar pataletas, de un modo cercano y respetuoso, que permita a los(as) niños(as) entender que el malestar pasa y que existen alternativas para expresar el enojo.

Las emociones de los niños y niñas no son de segunda categoría. No son menos importantes que las de los adultos, no son menos intensas o expansivas que las nuestras. Y sin embargo, por alguna idea equivocada, asumimos que las emociones de los(as) niños(as) TIENEN necesariamente que pasar más pronto. Pareciera que se hace una relación entre lo que suponemos una capacidad de memoria bastante acotada, con la permanencia frágil de un deseo y con el que, quisiéramos que así fuera, pronto cese del malestar. Pero ocurre que -independiente de nuestra edad- las emociones son algo que nos constituyen, nos remecen, nos inundan y entonces la emoción de alegría, de enojo o de temor se aloja en nosotros por algún tiempo indeterminado, nos entrega un catalejo ad hoc para mirar el mundo desde esa emoción y se hace presente a través de un cuerpo que se mueve y gesticula, como si la emoción le pusiera ciertos hilos a esos movimientos.

Todo esto no implica que seamos esclavos de las emociones ni que vivir una emoción sea sucumbir a un estado de irracionalidad, significa simplemente que vivir una emoción es vivir una experiencia particular, que esa experiencia puede ser acompañada por el emocionar de otros y el emocionar de esos otros también nos afecta. Repetimos, si algo nos constituye como humanos es la presencia de este mundo emocional. Presente en todos y todas, sin requisitos de edad para hacerlo genuino, sin que importen más las emociones de un adulto que las de un niño o niña, sin que las de los últimos no sean tan valiosas como las del primero.

Los niños y niñas tienen deseos. Algo no tan difícil de aceptar al parecer. El deseo es el motor que aviva la acción. Nos movemos porque hay algo que nos impulsa a la acción. De diferentes envergaduras o constelaciones los deseos inician caminos, alientan el paso. Cuando ya no se desea, se enferma. Por lo tanto, niños y niñas descubriendo el mundo se abren a la experiencia de desear cosas: saltar en las pozas de agua, llenar el espacio soso con las burbujas de jabón, construir una laguna en el patio para que se bañen los autos y las muñecas, volver a sentir el dulzor del chocolate derritiéndose en la boca y más. ¿Quién podría decir que no se debe desear así?

Cuando alguien no alcanza eso que desea, siente un malestar. Claro, también le llamamos frustración. Es natural que esto pase, es natural que les pase a los(as) niños(as). Sus deseos tienen la misma carga de vitalidad que la que existe en los deseos de los grandes, por lo tanto, cuando nos dicen que no podemos salir porque está lloviendo o me quitan el jabón porque es muy caro y con él no se debe jugar, o me cortan el agua porque en el patio no se pueden fabricar lagunas o no me compran el chocolate porque se acerca la hora del almuerzo, me enojo, a veces más a veces menos. A veces es tan poquito que ni se nota, a veces es tanto que otros también resultan enojados.

En los primeros años estamos descubriendo las formas para expresar el malestar. Así como se aprende a caminar, se aprende a hablar, se aprenden los colores, etc., también estamos aprendiendo a hacer con estas emociones. Buscamos la forma de comunicar que algo no nos gusta y entonces se puede gritar, se puede llorar, se puede lanzar un objeto, se puede golpear, se puede tirar al suelo. En la asignatura del aprendizaje emocional, la respuesta agresiva es, generalmente, la primera que aparece.

Para aprender otras formas de expresar el malestar necesitamos de la mediación. Es decir, necesitamos de la ayuda de otros para aprender nuevas formas. Si nacimos en una ciudad con semáforos en algún momento nos explicaron no sólo qué significaban cada una de esas luces de colores, sino también su utilidad e importancia. En realidad, nos lo explicaron y subrayaron en más de una ocasión. Con las vías de expresión de la emocionalidad ocurre lo mismo. Con la ayuda de otros es que aprendemos a dar nuevas salidas al enojo o la frustración que no remitan al golpe, el lanzamiento de objetos o la pataleta.

Las pataletas se abordan. Justamente porque posibilitan aprender respuestas no agresivas ante la frustración es que necesitan ser abordadas. Una creencia más o menos común es que las pataletas deben ignorarse, sin reconocer que lo que se ignora entonces no es un concepto o una cosa, sino que se está ignorando a un(a) niño(a) que tiene un malestar y quien lo ignora es una persona cercana a él o ella, tan cercana que, justamente por ello, el niño o niña siente que puede mostrarle lo que no le gusta. Abordar la pataleta da la posibilidad de manifestarle al niño o niña que nos damos cuenta de que está molesto(a), mostrarle que podemos entender lo que le molesta, podemos explicarle por qué hemos puesto freno a lo que quería y podemos ofrecerle otra posibilidad para encauzar su deseo inicial. Finalmente, ayudamos a comprender qué salidas tiene el enojo. Si consideramos que la pataleta debe pasarse sola, perdemos la oportunidad de mostrar todo esto. Si lo llevamos a la cuna o a la pieza hasta que se le pase, también. Si le decimos que se vaya a reflexionar a un rincón, también, porque en esta edad la reflexión se hace ayudado por otros. Solos no se puede aprender de las emociones pues ese aprendizaje ¡tiene tanto que ver con los otros!

No podemos pedir control sobre las emociones si nosotros mismos no lo estamos haciendo al abordar una pataleta. Si pedimos calma es mejor enseñarla. La calma se enseña mostrándola, la calma se enseña manteniéndola cuando es difícil estar calmado. Esto, que puede ser un esfuerzo, es requisito para poder desplegar las posibilidades que el manejo respetuoso de una pataleta conlleva. Lo más importante a la hora de la pataleta es el niño o niña. Tantas veces frente a un(a) niño(a) y su pataleta no sólo están encima los ojos del padre o la madre, si no los ojos de todos los otros adultos, por lo menos eso es lo que siente el adulto que se cree enjuiciado. Esa misma tensión dirigida a lograr pronta eficacia en el control de una pataleta, hace que se olvide al niño o niña y aparece muchas veces en los adultos el signo de la impaciencia, la rabia o el descontrol.

La obediencia no debiera ser un valor en sí al momento de criar. Porque algo hay de la idea de doblegar una voluntad en esta idea de obediencia, porque algo hay de la idea de hacer prevalecer mis deseos adultos en la crianza más que acompañar los deseos de los hijos(as). Así como se necesitan normas para crecer, se necesitan deseos para vivir. Necesitamos autoridad que implique límites y normas y no autoritarismo.

Manejo respetuoso de la pataleta es reconocer el estatuto de sujeto del niño(a) y en esto somos más competentes de lo que se cree. Porque en nuestra misma experiencia humana hemos sabido lo bien que se siente que te reconozcan como sujeto y no te traten como objeto; porque de deseos y emociones todos sabemos; porque cuando nos preguntan cómo nos hubiera gustado que nos trataran de niños(as) tenemos clara la respuesta.

Volvemos a una idea inicial: una pataleta no es una guerra contra el mundo adulto, no es una acción que busca hacernos la vida difícil, es la expresión de un deseo que no se satisface. Visto así, se nos pueden ocurrir mejores ideas que gritar; visto así podemos pensar que si no hubiera pataletas alguna vez, más tarde –quizás- no habría deseos de esos que hacen llegar a las nubes.

Niño se levanta con ilusión
que rápido va su corazón
salta la cerca como un ladrón
sale como bala de cañón

Busca compadre se van a navegar
por el anchomar de su jardín se van
firme grita su decisión
de pelear hasta el final sin temor
de pelear hasta el final sin temor

Skip to content