En las últimas décadas se comienza a generar un cambio en la manera en que los y las adultos/as nos relacionamos con la niñez, fenómeno que se plasma en la Convención sobre los Derechos del Niño, suscrita por nuestro país en 1990. A partir de este instrumento, se reconoce a niños y niñas como “sujetos” de derecho y no como meros “objetos” de protección, incapaces de tener injerencia en el mundo.
Esto implica reconocerles como sujetos con opinión, con capacidad de tomar decisiones, propositivos y merecedores de consideración, respeto y autonomía.
En este contexto, los principales desafíos que se nos presentan a los distintos profesionales que trabajamos con niños y niñas son, por un lado, reconocernos como adultos y adultas garantes de sus derechos y, por otro, construir una nueva forma de relacionarnos, estableciendo vínculos fundamentados en el respeto más que en el poder que nos otorga nuestra condición de adultos/as.
Pero, ¿cómo traducir esa forma de relación en aspectos concretos que sean aplicables en nuestras acciones cotidianas y en nuestras intervenciones?. Les proponemos probar con lo siguiente:
– Visibilicémosles, aún cuando niños y niñas sean muy pequeños/as. Para ello puede ser útil hacer el ejercicio de saludarlos/as y despedirnos siempre, tratarles por el nombre, preguntémosles sus preferencias, pidámosles su opinión, integrémosles en la conversación y en las acciones que hacemos cotidianamente. Estos simples gestos permitirán que establezcamos una relación de respeto en que se legitima la existencia de una relación entre personas.
– Miremos el mundo desde su perspectiva: Esto se traduce en aspectos muy concretos, como darnos cuenta que niños y niñas ven el mundo espacialmente desde una altura distinta a la nuestra. Muchos de nuestros gestos, al saludar, al caminar, al habilitar un lugar, no consideran su altura y por ende les dejamos automáticamente fuera de ese espacio, sin la posibilidad de intervenirlo, de participar. Para ello, es preciso que hagamos un esfuerzo en considerar mobiliario adecuado para niños y niñas o adaptar los que tenemos, contar con decoración temática significativa para ellos e incluir elementos que aporten a que su estadía en nuestro lugar de trabajo, sea una experiencia agradable o lo menos estresora posible. La escucha consciente es el primer paso para acceder al mundo de los otros/as.
– Prestemos atención a sus necesidades: El enfoque de Derechos Humanos se fundamenta precisamente en que las necesidades de las personas se traducen en derechos que pueden ejercerse y exigirse, para ello los distintos garantes deben generar condiciones que faciliten ese ejercicio. Difícilmente encontraremos una necesidad que no logre traducirse en un derecho civil o político o en un derecho económico, social y cultural. Así por ejemplo, la necesidad de alimentación se traduce en el derecho a la vida y a la salud; la necesidad de jugar en el derecho a la recreación, la necesidad de ser amado en el derecho a la protección. Cada vez que desatendemos una necesidad estamos vulnerando sus derechos.
– Escuchémoslos/as: El derecho a tener opinión se canaliza a través de adultos que garanticen los espacios y escenarios que permitan que niños y niñas digan lo que piensan respecto a diversos temas. Del mismo modo escuchar sus relatos respecto a algo que descubrieron, vieron o sintieron permite que se sientan queridos y considerados. Cuando no escuchamos lo que con tanto entusiasmo quieren comunicarnos, desaprovechamos importantes momentos para fortalecer la confianza, el vínculo y conocer sus sueños, esperanzas y temores. Démosles el tiempo para preguntar, para explicarles y para relatarles lo que están viviendo y sintiendo.
– Consideremos su opinión al tomar decisiones: Uno de los principios fundantes de la Convención sobre los Derechos del Niño, es el derecho a la participación, el que podemos traducir como la posibilidad de tomar decisiones sobre los asuntos que les afectan. No existe decisión alguna que no afecte directa o indirectamente la vida de los niños y niñas. Si bien es necesario para su desarrollo saber que hay otro/a que le protegerá y hará sentir seguro, es importante permitirle tomar decisiones de complejidad creciente, dependiendo claramente de su desarrollo psicoemocional y de su autonomía progresiva. De esta forma se sentirá considerado/a y aprenderá paulatinamente a ejercer sus derechos como ciudadano/a, entendiendo que la participación es un derecho que sólo puede concretarse ejerciéndolo.
– Fomentemos su autonomía desde la primera infancia: El ejercicio de la participación va de la mano con el principio de autonomía progresiva, lo que se traduce en que niños y niñas tienen capacidades y habitan su mundo de una manera particular. Esas capacidades van aumentando progresivamente. La niñez no es un estado de transición hacia la adultez, es un momento de desarrollo efectivo y progresivo de las capacidades personales y sociales. Los adultos y adultas podemos estimular este desarrollo proponiendo a niños y niñas actividades, haciéndoles preguntas y sosteniendo conversaciones que les desafíen a avanzar un paso adelante en lo cognitivo, emocional y relacional.
– Garanticemos la equidad de género desde la infancia: El género es una construcción social que asigna el cumplimiento de ciertos roles y responsabilidades a hombres y mujeres, estableciendo también desigualdades en sus relaciones de poder y en el acceso a los recursos. Esta construcción comienza desde la niñez, por lo que como profesionales que intervenimos con niños y niñas, podemos procurar orientar nuestras acciones considerando las diferencias de género, promoviendo espacios que permitan integrar tanto a niñas como a niños y estableciendo diálogos y vínculos que aporten a la equidad y a la flexibilidad de roles entre mujeres y hombres .
– Valoremos sus capacidades, expliquémosles las distintas acciones, procedimientos o actividades que estamos realizando en su presencia y que les afectan directamente: Todas las personas sin distinción tenemos derecho a la información, especialmente cuando ello nos afecta directamente. Procuremos que en el transcurso de aquellas acciones que realizamos en presencia de niños y niñas, les expliquemos en un lenguaje simple, qué estamos haciendo y para qué, sin prejuzgar su capacidad de entendimiento, porque probablemente nos sorprenda su rapidez y facilidad de comprensión. Asimismo, si se trata de enfermedades, debemos procurar que comprendan su situación de salud, señalando también en qué consistirá el tratamiento para sanarse. Esto es especialmente relevante al realizar procedimientos o enfrentar situaciones de salud en que los niños y niñas puedan sentir temor. Pidámosles permiso si necesitamos auscultar su cuerpo, la desnudez puede generar sentimientos de desprotección y vergüenza. Expliquemos verazmente las molestias y la intensidad del dolor que podrían producir determinados procedimientos, como por ejemplo, las vacunas o curaciones de heridas. También dejemos un espacio para que nos hagan preguntas, ya que hay veces en que damos por supuesto algunas situaciones que niños y niñas desconocen.
– El juego no es sólo una entretención si no que una importante forma de aprendizaje: La niñez es el período de la vida en que más se desarrolla la capacidad cognitiva, emocional y social en los seres humanos. A través del juego los niños y niñas amplían su campo experiencial e integran contenidos y conceptos que se constituyen en aprendizajes significativos que quedan permanentemente integrados. Del mismo modo jugando con otros, desarrollan la capacidad de organización y de trabajo en equipo, la capacidad para esperar el turno y respetar a otros, la imaginación y la empatía. El juego también es un recurso posible de utilizar en aquellos procedimientos que generen cierto temor a los niños y niñas, o en situaciones donde es más complejo realizar explicaciones más teóricas de algún asunto que les afecta.
– Seamos promotores y promotoras de los derechos de niños y niñas, entre otros adultos del entorno. Parte fundamental del establecimiento de entornos de protección para niños y niñas, se vincula, con el desarrollo de una cultura de respeto de los derechos de las personas y con el avance de las instituciones y, por ende de sus representantes y funcionarios/as, como garantes de los derechos de niños y niñas. Cada uno de nosotros puede colaborar con esta tarea desde el rol que cumple.
¡¡¡Y no olvides que nunca debes!!!:
– Hablar del niño o niña frente a él/ella como si no estuviera presente.
– Minimizar sus sentimientos con frases como “pero si no te ha pasado nada”.
– Realizar comparaciones con otros niños/as “pero mira como lo hace Pedrito y eso que es más chico que tú”. Cada ser humano tiene su propio ritmo de aprendizaje cognitivo y emocional y cada ser humano es único.
– No atender un llanto, por la razón que sea. Nadie deja llorar a un adulto querido solo, ¿por qué hacerlo con nuestros niños y niñas?
A ser adultos respetuosos de nosotros mismos, de nuestro medio y de los demás se aprende sólo siendo tratados siempre con respeto.
Porque los derechos no tienen estatura, grandes y pequeños merecemos un Buen Trato ¡tratemos con respeto a todos los niños y niñas!