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Columnas del Experto

¿Cuál es el problema con la inquietud?

Cecilia Calvo

Psicóloga

Servicio Fono Infancia-Fundación Integra

¿Cuál es el problema con la inquietud?

No es ninguna novedad que el movimiento y la curiosidad cumplen una función trascendente en la vida de todos y todas y que en la niñez, tiene una importancia vital. Sabemos que a través de su cuerpo en movimiento los niños y niñas habitan el mundo y se conocen. Entienden las leyes de la física y el funcionamiento de las cosas, practican, se desafían, juegan, disfrutan, interactúan y se desplazan. Por otro lado, los adultos conocimos la motivación, la concentración y el goce que implicaba trepar,  sacar el paso de baile favorito, caminar sobre un cerco sin caerse,  hacer los cálculos precisos para dar en el blanco en una guerra de cojines, o perseverar hasta lograr que una “carpa” improvisada se mantenga en pie. Todos y todas hemos constatado que el movimiento y la exploración  son  esenciales para crecer y desarrollarse, lo vivimos y mientras lo hicimos, todos esos juegos y movimientos, nos permitieron ir alegremente adquiriendo destrezas y experiencias que nos fueron volviendo  más y más autónomos, capaces de ir poco a poco haciendo y decidiendo por sí mismos.

Una famosa pediatra llamada Emmi Pikler, fue una incansable observadora de los niños y niñas y defensora del movimiento libre. Ella planteaba que es importantísimo que los adultos acompañemos, demos señales de real  interés por  seguir la motivación de niños y niñas en sus movimientos y actividades, pero sin interferir, sin interrumpir eso importante que el niño está descifrando en cada intento. Sin embargo, cuando como adultos nos paramos frente a niños y niñas nos resulta extrañísimo “concederles” ese espacio de libertad de movimiento y exploración necesarios para su desarrollo y, por el contrario, naturalmente empezamos a conducir lo que deben aprender.ninos (25)

¿Por qué necesitamos que niños y niñas, estén quietos/as, y no sean tan curiosos?. Esta gran pregunta requiere muchas perspectivas para abordarse, sin embargo hay algunas ideas que todos podemos reconocer. El sistema educativo tradicionalmente ha funcionado en la medida en que niños y niñas se ajustan a un formato de aprendizaje el cual implica, entre otras cosas, que no se paren en clases, se “concentren” en aquello que los “adultos” definimos que era importante aprender, que no se muestren muy curiosos o preguntones porque eso “interfiere” el proceso y que se acostumbren a recibir las respuestas más que buscarlas. Por otro lado, en casa, las familias estamos ocupadas haciendo y resolviendo demasiadas cosas y en ese contexto no  ayuda que niños y niñas estén por todos lados riendo, preguntando y jugando alborotados, pues estas actividades nos demandan tiempo y energía. De esta manera, en distintos espacios les pedimos que posterguen, o más bien restrinjan algo esencial de ser niño o niña, algo central para su desarrollo: la curiosidad y el movimiento como motores para conocer, entender y desplazarse en el mundo. Decimos cosas como “es tan inquieto”, “no se queda tranquila un minuto”… “sólo quiere jugar” “todo lo quiere tocar” y alguna veces tenemos razones para decir esto desde la preocupación por su bienestar, pero otras veces, esto responde más a nuestras necesidades  que a las de ellos y ellas.

Tenemos el gran desafío de intentar romper un modelo de aprendizaje obsoleto donde se desestima la curiosidad y la exploración en el desarrollo; reconocer cuándo la preocupación por la inquietud tiene que ver con el bienestar de niños y niñas o se relaciona más con la  apreciación y el juicio de la mirada adulta  y, por último, aprender a conocer las actitudes de niños y niñas  para poder ayudarles –a partir de su curiosidad natural-  a conocerse y conocer el mundo.

Finalmente, buscar respuestas, crear soluciones y conocer, requiere del movimiento para materializarse y permitirnos aprender y disfrutar mientras lo hacemos.

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