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Promoción de habilidades sociales en la infancia: Los adultos como referentes de buen trato.

Berta María Espinosa Vásquez

Psicóloga

Promoción de habilidades sociales en la infancia: Los adultos como referentes de buen trato.
Al educar en y para la asertividad se favorece la autonomía, por lo tanto, implica que los adultos deben aprender, reaprender y desaprender ciertas actitudes para potenciar esta habilidad social

Es época de festejos navideños y fiestas familiares. Esto no sólo nos permite fortalecer los lazos afectivos con personas significativas, sino que se convierte en el escenario propicio para la promoción de habilidades sociales en niños y niñas, una oportunidad para promover la asertividad, la empatía y un ambiente positivo para la crianza.

Niños y niñas aprenden a relacionarse socialmente mediante las interacciones cotidianas con su familia. Su desarrollo social y emocional depende del tipo de relaciones que establezcan con sus seres más cercanos, especialmente con su madre, padre o con las personas encargadas de su cuidado y educación.

Poseer habilidades sociales implica saber que existen buenas y malas formas de comportarse con otras personas. Los adultos deben explicitar y modelar a niños y niñas cómo debemos actuar cuando estamos en diferentes espacios y con diversas personas. Hacerles tomar conciencia por ejemplo, de que existen buenas y malas maneras de hablar con otros, y que en la medida que aprendan buenas formas de hacerlo, en el futuro será probable tener más amistades y una buena convivencia con familiares, compañeros, amigos y vecinos, lo que los hará sentir mucho mejor.

Cómo promover habilidades sociales

Las habilidades sociales son comportamientos específicos que determinan el nivel de competencia social de una persona. Se trata de formas correctas de actuar y de hablar con otros, sean adultos o niños/as. Actitudes como la cooperación, colaboración, diálogo, expresión de sentimientos, percepción positiva de sí mismo(a), autonomía, independencia, compromiso, responsabilidad, aceptación de la diversidad, entre otras, corresponden a esta categoría.

Los ambientes de crianza amorosos y respetuosos de los derechos de las niñas y niños conducen a comportamientos sociales positivos, como actuar con confianza en sí mismos/as, confiar en otro/as, deseos de aprender, curiosidad y aceptación de desafíos. De las primeras relaciones sociales que se establecen con adultos, depende la forma en que posteriormente interactuarán con las personas a medida que avancen en edad.

Es muy frecuente escuchar a los adultos decir a un niño o una niña: “¿cómo se dice?”, cuando recibe un regalo de alguien, o bien cuando van de visita ‘tienes que saludar’. A este tipo de indicaciones se les denomina cotidianamente como ‘buenos modales’, que son enseñados por la familia. Esta preocupación de enseñar cómo comportarse en el entorno social, posteriormente se olvida, porque se estima niños y niñas han aprendido a comportarse en el entorno social al que pertenecen y pueden desenvolverse sin dificultad.

Así, poco a poco van formando su carácter, se van haciendo autónomos(as) e independientes, son capaces de expresar sus sentimientos, desarrollan su autoconcepto, autoestima y comienzan a responsabilizarse de sí.

Los espacios propicios para que niñas y niños aprendan a relacionarse socialmente se caracterizan por:

Ser lugares de bienestar, de ‘estar bien’, seguros y tranquilos, en los que son acogidos, abrazados(as), cargados(as), en que se les habla, se les canta y se incita al juego.

Que cuentan con adultos que disfrutan al estar con ellas y ellos, que les responden cuando preguntan, que apoyan sus necesidades e intereses y que conocen las señales que emiten en demanda de atención.

Que disponen de personas que respetan los ritmos de aprendizaje, les dan tiempo para responder a su manera y apoyan las relaciones entre ellos y ellas.

Educar en la asertividad

Uno de los aspectos más importantes y elementales que niños y niñas deben aprender es que las personas pueden actuar en forma pasiva, en forma agresiva o en forma asertiva y que estos comportamientos son muy distintos unos de otro.

Las personas que actúan de manera pasiva permiten que otros/as les indiquen lo que deben hacer, no expresan lo que sienten ni piensan y no defienden sus derechos, por lo que tienden a ser utilizados por los demás.

Quienes actúan en forma agresiva, son aquellas personas que asustan, humillan, critican y obligan a otros/as dejándolos/as en ridículo. Estas personas rara vez se ocupan de los sentimientos de los demás y frecuentemente se involucran en conflictos o disputas.

Aquellas personas que se comportan de forma asertiva actúan tal y como son, dejan que los demás sepan lo que sienten y lo que piensan de una forma no ofensiva. También saben defender sus derechos e intentan ser sinceros, justos y honrados. La asertividad es por tanto el comportamiento esperado, dado que permite defender los derechos propios sin llegar a agredir ni ser agredido. Lo ideal sería que todas la personas actuaran de forma asertiva, con ello se evitarían peleas, pérdidas de amistades y sentir temor de estar con los otros/s.

Al educar en y para la asertividad se favorece la autonomía, por lo tanto, implica que los adultos deben aprender, reaprender y desaprender ciertas actitudes para potenciar esta habilidad social. Algunas actitudes favorecedoras de la asertividad son:

Evitar las proyecciones: esto quiere decir, eliminar o minimizar la tendencia adulta a transmitir los propios temores y experiencias negativas a niños y niñas. Esta actitud se transmite a través de comentarios, cuando se está permanentemente preocupado de lo que otros/as piensan o dicen de uno.
Cuidar el tipo y forma de los mensajes que dirigimos a niños y niñas. Cuando de forma reiterada se recibe el mensaje de que no se sabe hacer algo o que se es desobediente o maldadoso, se puede terminar asumiendo esas conductas, porque el mensaje se recibe de alguien en quien se confía, que puede ser su madre, su padre o su profesor/a.
Exigir cumplimiento de pautas de conductas razonables y adecuadas a su nivel y edad. Cuando se exige a niños y niñas comportamientos para los que todavía no se encuentran preparados, pueden sentir que no son capaces, poniendo en riesgo el autoconcepto y la autoestima.

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